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Trabajar con sentido

 Mi abuelo paterno, ciclista amater por la montañas de Ávila, soldado en la Guerra de Marruecos, después mecánico de locomotoras de Renfe y siempre un hombre bueno en el mejor sentido de la palabra, trabajó 12 horas al día toda su vida, librando un domingo de cada dos, hasta que la gangrena le deboró una pierna y tres dedos del pie de la otra. Su salario apenas sirvió para dar de comer a su familia lo que hizo que mi abuela tuviera que regentar una tienda de ultramarinos en la Calle de la Toledana, tienda adjunta a la casa en la que pasé mágicas temporadas de mis vacaciones infantiles, días fabulosos que me reviven con su recuerdo, las horas en las que disfruté de su compañia con la veneración del niño que se siente en presencia de un héroe legendario y amoroso. Estas líneas son en su memoria.

Cada generación se yergue sobre los hombres y mujeres de las generaciones previas, sobre hombros de gigantes sin duda alguna, aquellos benignos titanes que nos han permitido tomar aire, mirar al sol de frente y tener la posibilidad de una vida regalada y libre. La gratitud hacia ellos es eterna, y a pesar de que su sacrificio se pierda en nuestra corta memoria, permanecerá como parte inseparable de nuesta identidad humana. Es pensando en todos ellos que se levanta en mis oídos un clamor apasionado, demanda acuciante que transmito en un momento más de la triste cadena de despropósitos que ayer estranguló nuestro futuro.  La pasada asfixia nos deja hoy en un presente yermo y cruel en el que de nuevo tenemos que alzar las voces contra las nuevas tiranías y la esclavitud, tan hijas de los miedos más crudos e ignorantes como de una autocomplacencia animal que está echando por la borda con desprecio el sacrificio de nuestros mayores. No nos esclavizan las máquinas con todas sus alienantes demandas y la estrechez de sus horizontes, sino la maquinalidad de nuestra inconciencia, nuestra apatía y nuestra abulia unidas al parasitarismo inculto, soez y apremiante, al que nos lanzan a la par el miedo a la vida y el miedo a la muerte. Para satisfacer esas precariedades trabajamos cada vez más, y con pobreza creciente, una insaluble rutina demoledora que reduce nuestra alma a un simulacro animal, una burla a la grandeza del Espíritu Humano, una mueca desfigurada de la vida cabal que hunde sus raíces en la triste historia de las masas desde el mismo origen de nuestras ciudades.

Hay tres líneas argumentales que deberían impulsar nuestras acciones a reconsiderar un cambio radical y urgente con respecto a nuestra actitud en relación al trabajo y nuestras formas de vida. La primera de ellas es antropológica. Un análisis del desarrollo de nuestras construcciones simbólicas como seres humanos muestra la vinculación que se da en todas las diferentes culturas entre las acciones económicas de sustento y organización del grupo con las acciones valorativas. Nuestras primeras valoraciones humanas se fundamentan en la semántica proporcionada por las emociones básicas de la especie. Las jerarquías de valores tienen en cuenta las acciones que llevan a un sustento adecuado, y son esas acciones uno de los polos fundamentales entorno al cual se entretejen los mitos, como vemos en el caso del polinesio Maui en las formas paleolíticas sociales, o en los mitos del cereal de las primeras ciudades, y en general en todos los mitos que recogen la acción de algún antepasado o dios civilizador. La acción económica está cargada de significado y en ningún caso se trata de un trabajo alienante o de una actividad contraria a los intereses personales o grupales. Un trabajo significativo, un trabajo con sentido es la primera aproximación espontánea que hemos dado a la acción de sustento, y el entramado social, la actividad más cotidiana depende de que tal sentido se de de manera acrítica. Se ha convertido en una reflexión consciente cuando el sentido desapareció, bien por la explotación esclavista, bien por el sinsentido general de trabajos alienantes y desconectados de los objetivos que impulsan la vida de todo ser humano individual: la subsistencia plena de contenido simbólico.

La segunda argumentación es sociológica y tiene que ver con los equilibrios homeostáticos sociales. El equilibrio homesotático de la sociedad depende de manera crítica de la integración armónica de las acciones económicas y las acciones narrativas ideológicas. Cuando estos dos bloques de acciones sociales no proceden de un mismo tronco simbólico común, las sociedades colapsan.  Los desequilibrios pueden venir por un cambio ecológico que al cambiar las acciones económicas no ofrezca una respuesta mitológica capaz de dar sentido social al cambio, o meramente la acumulación de explotación de la mayoría de la población que hace perder el sentido de la vida para la mayoría y por tanto la sociedad entra en una espiral de nihilismo y final barbarie. Panem et circenses es insuficiente para producir equilibrios homeostáticos. La drogadicción de la población con respecto a sus propios neurotransmisores prepara condiciones para catástrofes sociales a partir de cualquier "efecto mariposa".

La tercera argumentación es ética. El trabajo sin sentido no sólo hace entrar individuo y sociedad en desequilibrios que sólo se resuelven catastróficamente, sino que son un paso atrás en la evolución ética de nuestra especie. El ser humano es el ser éticamente libre. Deseamos libertad, expresamos libertad y nada que no incluya la libertad es  suficiente para nosotros. La voluntad de poder de nuestra especie sólo se lleva a cabo a través de la libertad de poder de todos sus miembros. No se puede ser libre sin querer la libertad de todos los demás seres. La afirmación de mi voluntad a costa de la voluntad de los demás no expresa ninguna forma de libertad, sino un mero instinto de supervivencia animal mal comprendido. De igual forma, una comunidad que impone sus criterios por la fuerza no puede nunca producir individuos libres, y genera sociedades inestables y catastróficas a la larga. La petición de trabajo con sentido ético es la propuesta ideal de un trabajo que garantiza la libertad del grupo y del individuo. El ideal simbólico es el motor de fuerza. Descartarlo por consideraciones prácticas es la sempiterna abulia y miedo de los "realismos alucinados" que dirigen nuestras comunidades y nuestras vidas carentes de sentido, "realismos alucinados" con sus pies "muy bien puestos sobre la tierra"... una tierra que gira flotando en el espacio de una inmensa galaxia. 

Un trabajo sin sentido para la vida en este mundo es un insulto a la dignidad humana y la causa desequilibrante del desastre de todas las civilizaciones ciudadanas que hemos planteado hasta ahora.


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